jueves, 5 de marzo de 2020

EL COMENTARIO DE TEXTO

Desde que alcancé la adolescencia, con sus rigores lamentables, rehusé cualquier contacto físico tanto con mi padre como con mi madre. No me gustaba tocarlos. No es que no me gustase, no era eso. Lo que pasaba era que no habíamos creado esa tradición. No forjamos ese rito. Les daba a duras penas dos besos protocolarios. Menos aún iba a tocar a mi padre cuando se estaba muriendo. Ya he dicho que fuimos una familia rara; «disfuncional», se diría ahora. No creo que eso fuese ni bueno ni malo.
Mi padre ni tan siquiera fue al entierro de su madre, mi abuela, ni tan siquiera hizo una llamada. Y mi madre se encargó de dinamitar la relación de mi padre con sus hermanos, pero da igual. Mi padre decía que mi  madre le escondía los papeles. La forma de mi madre de recoger la casa era tirar a la basura todos los papeles que veía.
Recuerdo a mi padre darse cabezazos contra una estantería porque no encontraba el duplicado de una venta que había hecho. Se gritaban a menudo, pero jamás se insultaron. Mi padre jamás insultó a mi madre, nunca. Simplemente se enfadaba y se desesperaba y golpeaba cosas, objetos, era su ira. Desde entonces, siempre que pasaba al lado de la estantería la miraba con intensidad: el lugar donde mi padre se dio de cabezazos. Y por supuesto el día que desmonté el piso, cuando murió mi madre, me quedé mirando el larguero de la estantería y lo acaricié por última vez. Ni siquiera era un larguero de noble madera. Debía ser de chapa o melanina. Siempre pensé que era de madera, pero no, no lo era.

Ordesa, Manuel Vilas

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